miércoles, 10 de junio de 2015

Los primeros cantos de los primeros pájaros.


En la calma de la noche. Todos duermen;
ah, es un cementerio para la gente viva.
En el centro hay un parque cuyos árboles
no dejan de manchar el cemento y los días;
quedan, las hojas, pegadas, al suelo caliente de un verano con prisas.
Algunos coches
pasan,
no los veo, por alguna parte:
                                              hay quien tiene un destino en esta madrugada, mezclados
van y vienen, víctimas y asesinos, como amantes furtivos, que nunca llegarán a
conocerse.

Y más allá las calles van a dar a otras calles y así, éstas,
a otras; luego hay avenidas sembradas de semáforos que alternan
sus verdes y rojos, para casi nadie, como pensando en un mañana,
que no tendría porque llegar. Adentrarse por puertas y ventanas,
contemplarlos,
a todos y cada uno de los niños, tan plácidamente dormidos,
tan esforzadamente guiados hacia algún imposible.
El viento de levante arranca polvaredas de temor, absorben la luz de las farolas.
Es raro y sospechoso encontrar a un caminante que se dirige hacia nosotros. Alguien al
que ya no volveremos a ver,
nunca más. La madrugada
                                          lleva su muerte en el nombre.

No quedan bares con risas de esas
que se regalan,
por no llorar o por brindar al cristal de los espejos,
una bonita imagen,
que no podamos recordar cuando el sol crepite lejos y feroz.
Ya no quedan perros callejeros
a los que ahuyentar alzando el brazo
cuando amenaza la soledad.

Sí.
Es este aire cargado de vapor azul atravesando la camisa
una inevitable invitación a agachar la cabeza. No quedan lejos
las olas que se arriman a orillas solitarias,
sin que nadie las mire,
o contempladas por alguien que fuma
asomado a un balcón con macetas con geranios.
Escuchando el susurro cadente del más allá como el aplauso teatralizado, a la vida o a la
muerte, según la mañana por venir.
A ras de suelo, oh sí, a ras, de suelo,
los coches aparcados esperan. Alguien
que llora como respuesta a la incomprensión, alguien que ama,
en otro lado, a pesar del amor, ajeno a la mala palabra futura o a la sombra de la voz
desconocida que pronunciará su nombre y su apellido seguidos del anuncio inesperado.
¿Qué harás entonces?
                                 ¿Qué ingeniosa reacción
provocará
                                 el asombro al borde de tus labios?
Me pregunto, el cielo de la noche nos permite recordar el universo,
si no será mejor poner la espalda para
cada una de
las
    tres
          heridas.

Los aspersores despiertan de su letargo,
los faros de un automóvil son a lo lejos
los ojos de un animal herido en el bosque,
los primeros cantos de los primeros pájaros
alcanzan su minuto diario de gloria antes del desastre.
Las calles ya huelen a seísmo, a onda expansiva, a la rabia necesaria para no claudicar.

Roscos de humo como ideas condenadas al fracaso me...

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